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Al empezar el proceso Colombán, los pyrotinos eran unos treinta mil. Diseminados en todas partes, los había hasta en el clero y en el ejército, pero les perjudicaba la complaciente adhesión de los judíos opulentos. Debían a su corto número muchas ventajas, y no era insignificante la de contar en sus filas menos imbéciles que en las de sus adversarios, donde abundaban de un modo abrumador. Como formaban una pequeña minoría, se concertaban con facilidad, obraban armónicamente y no sentían la tentación de dividirse y contrariar sus esfuerzos. Cada uno se proponía cumplir mejor cuanto más aislado se hallaba, y todo les permitía suponer que aumentarían las adhesiones, mientras que sus enemigos, apoyados desde luego en las muchedumbres, estaban más propensos a disgregarse.
Conducido ante el Tribunal, en audiencia pública, Colombán advirtió en seguida que sus jueces no eran nada curiosos. En cuanto abrió la boca, el presidente le mandó que se callara, y alegó para ello los altos intereses del Estado. Por la misma razón, que es la razón suprema, sus testigos tampoco fueron oídos. El general Panther, jefe del Estado Mayor, compareció de gran uniforme, con el pecho cubierto de infinitas condecoraciones, y declaró en estas palabras: