La isla de los pingüinos by Anatole France

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Orberosa estaba enamorada de su esposo, pero admitía también otros amores. A la hora en que Venus aparece sobre el cielo pálido y mientras Kraken extendía el espanto por los poblados, ella frecuentaba la choza de un joven pastor de Dalles, llamado Marcelo, cuyo cuerpo gentil era la envoltura de una infatigable virilidad. La bella Orberosa compartía satisfecha el lecho aromático del pastor; pero lejos de darse a conocer, se presentaba con el nombre de Brígida y se decía hija de un jardinero de los Somormujos. Cuando a su pesar ponía término a las caricias del amante y avanzaba a través de las praderas brumosas hacia la playa de las Sombras, si por casualidad encontraba algún campesino rezagado, inmediatamente desplegaba sus velos como grandes alas, ahuecaba la voz y decía:

-Caminante, baja los ojos para que no te veas obligado a exclamar: «¡Ay de mí, desdichado, por haberme atrevido a poner los ojos en el ángel del Señor!».

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