Thaïs, la cortesana de Alejandría

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Pafnucio estaba de regreso en el santo desierto. Cerca de Atribis había tornado el barco que subía por el Nilo con víveres para el monasterio del abad Serapión. Cuando desembarcó le salieron al encuentro sus discípulos, con grandes demostraciones de alegría. Unos alzaban los brazos al cielo: otros, prosternados en tierra, besaban las sandalias del abad. Porque sabían ya lo que había realizado el santo en Alejandría. Así era cómo los monjes recibían ordinariamente, por maneras desconocidas y rápidas, los avisos que interesaban a la seguridad y a la gloria de la Iglesia. Las noticias corrían por el desierto con la rapidez del simún.

Y mientras Pafnucio hundía sus pies en los arenales, sus discípulos le seguían con alabanzas al Señor. Flaviano, que era el más antiguo de sus hermanos, impulsado de pronto por un piadoso delirio, se puso a cantar un cántico inspirado:

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