Explore "Thaïs, la cortesana de Alejandría" by Anatole France on Textopian. Read with annotations and highlights.
Thaïs era hija de padres idólatras, libertos y pobres. Siendo ella niña, en Alejandría, cerca de la Puerta de la Luna, tenía su padre una taberna frecuentada por marineros. De esa primera infancia le quedaban algunos recuerdos vivos y sin ilación. Le parecía ver a su padre sentado junto al hogar, con las piernas cruzadas, corpulento, formidable y quieto, como uno de esos viejos Faraones celebrados en los romances que los viejos cantaban en las esquinas. Le parecía también ver a su madre, flaca y triste, que iba como un gato hambriento de un lado a otro de la casa, donde resonaban los gritos de su voz agria y los destellos de sus ojos fosforescentes. En el barrio se murmuraba que era bruja, y que, transformada en lechuza, de noche salía al encuentro de sus amantes. Y no era verdad. Sabía Thaïs, por haberla espiado muchas veces, que su madre no se entregaba a las artes mágicas, sino que, devorada por la avaricia, durante la noche contaba y recontaba lo recaudado en el día. Aquel padre inerte y aquella madre avara la dejaban buscarse la vida como los animalitos de corral. Por esto llegó ella a ser muy diestra para extraer uno a uno los óbolos del cinto de los marineros borrachos, a los que divertía con ingenuas canciones y con infAmés palabras, cuyo sentido ignoraba. Iba de uno a otro, sentada sobre las rodillas de todos en la sala maloliente con el hedor de las bebidas fermentadas y de los odres. Luego, con unto de cerveza y picaduras de barbas hirsutas en las mejillas, escapaba oprimiendo en su manita los óbolos y corría a comparar tortas de miel a una vieja acurrucada detrás de sus cestos bajo la Puerta de la Luna. A diario se repetían las mismas escenas: los marineros referían sus hazañas de cuando el Euros agitaba las algas marinas. Luego jugaban a los dados o a las tabas, y, entre blasfemias a los dioses, pedían la mejor cerveza de Cilicia.
Todas las noches despertaban a la niña las reyertas de los bebedores. Las valvas de los marinos volaban de mesa en mesa y herían las frentes; resonaban furiosos alaridos, y algunas veces, a la humeante luz de los candiles, veíanse brillar los cuchillos y hasta la sangre.