Flor de las perlas by Emilio Salgari — Read

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Aventurarse otra vez aún en aquellas selvas, y a la hora en que las fieras se ponían a caza, era tentar al destino; pero el temor de volver a caer en manos de Pandaras, que había de enfurecerse por la treta que lo jugó la joven, los forzaba a desafiar todos los demás peligros. Hong, el más intrépido y fuerte, se puso a la cabeza; seguíale Than-Kiu, y cerraban la marcha el chino y el malayo, encargados de proteger la retirada. La selva estaba obscura como boca de lobo, y no permitía avanzar a los fugitivos con la rapidez que deseaban.

Viejos trancos de circunferencia enorme, caídos por vejez o derribados por los rayos, impedíanles a menudo el paso y les obligaban a dar largos rodeos; a veces había necesidad de abrirse paso con los kampilangs cortando las ramas entrelazadas, y muchas, envueltos entre desmesuradas raíces, como en una red, veíanse obligados de una gimnasia rudísima. Hong, furioso por tantos obstáculos, daba desesperados golpes a diestra y siniestra, derribando ramas, lianas y raíces con verdadera rabia; pero, cuando creía haberse abierto paso, veíase obligado a volver a empezar.

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