Las hijas de los faraones by Emilio Salgari

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Tres días después, al atardecer, un pequeño velero, que se asemejaba mucho a los dahabiad que se usan todavía hoy en el Nilo y que, al igual que los antiguos, tenían los palos formados por varias piezas unidas mediante pieles de buey acopladas todavía frescas y dejadas disecar más tarde, arribaba al mismo lugar en que Mirinri descubriera el símbolo del poder sobre la vida y la muerte. Tenía la quilla más bien alargada y robusta, la proa redondeada, con algunos ornamentos de oro sobre el espolón que representaba un ibis con las alas desplegadas y dos inmensas velas de lino blanco, semejantes en su forma a las latinas, pero con los extremos más en punta. La tripulaban dos docenas o tal vez más de etíopes, hombres de piel bastante negra, y de forma hercúlea que aparecían destruidos sin otro atuendo que una faja larga ajustada a sus caderas con dos extremos colgando entre las piernas hasta casi el suelo. Era todo ello un atuendo más que suficiente usado por el pueblo, en aquel clima siempre caluroso incluso durante los meses invernales. Un hombre que llevaba dos faldones de algodón azul, en forma rectangular, doblados por delante y ceñidos a la cintura por un cinturón de cuero y lucía sobre la cabeza una peluca con gruesos tirabuzones de caballo y trenzas pendientes a lo largo de las espaldas, sostenía el timón. Era un hermoso hombre de unos cuarenta años, con la piel ligeramente bronceada y que encarnaba al verdadero tipo de egipcio antiguo: alto, más bien delgado, con espaldas anchas y robustas, los brazos nervudos acabados en manos largas y finas, las piernas duras con los músculos de las pantorrillas bastante pronunciados, como la mayoría de los pueblos andariegos. En su mirada se apreciaba una expresión de profunda tristeza, que reflejaba manifiestamente en sus grandes ojos, muy negros, aquella tristeza instintiva que se observa aún hoy en los modernos egipcios.

Apenas la barca tocó la orilla, que en aquel lugar se hallaba cubierta por espléndidas palmeras, el egipcio dio orden a los etíopes para que tendieran un puente de madera, más tarde se acercó a una especie de tambor de grandes dimensiones en forma de embudo y se puso a golpearlo fuertemente, en tanto que uno de sus hombres hacía sonar la flauta, logrando unas notas tan agudas que se podían oír a varias millas de distancia. Esa música, engrosada por los sonoros golpes de tambor, duró bastantes minutos, sobreponiéndose al murmullo de las aguas al romperse contra las orillas y sobre los arenosos islotes que sobresalían en el majestuoso río, propagándose intensamente bajo las ramas de verdor.

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