Explore "Las hijas de los faraones" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
El pequeño navío proseguía descendiendo por el Nilo. Mirinri, sentado en el alcázar del buque, parecía haberse olvidado ya de la profecía de la hechicera. Con la cabeza apoyada entre las manos, miraba siempre ante sí, como si la visión de la Faraona, que había arrancado de las temibles fauces del cocodrilo se hallase siempre ante él. Ounis, apoyado en la barandilla, miraba distraídamente las aguas del río y no hablaba. Los etíopes, en pie cerca de los palos de las enormes velas, no se distraían en espera de que algún golpe de viento les obligase a una nueva maniobra. Tampoco Ata, que estaba apoyado en la baranda de proa, pronunciaba ninguna palabra.
Desde la orilla y de los bancos de arena, cubiertos de papiros, bandadas inmensas de ibis se elevaban, saludando al sol con prolongados chillidos. Pasaban en grupos numerosísimos a través del puente del pequeño velero, con sus largas patas tendidas y el cuello más estirado todavía, como para desear un buen día a los etíopes de Ata, seguros de su impunidad, que por otra parte ¿quién hubiera querido importunar? ¿Quién hubiera sido el atrevido que habría lanzado sobre aquellas aves una flecha? En aquellos tiempos lejanos eran pájaros sagrados, a los que cualquier súbdito del Faraón respetaba e incluso aquellos volátiles tenían un dios: Thoth. Pero es muy posible que los antiguos egipcios los hubieran consagrado por un motivo más importante, probablemente por las mismas razones por las cuales los ingleses muchos centenares de años después prohibieron la destrucción del marabú en la India y los mejicanos y los pueblos de América meridional hicieron respetar el urubus como aves valiosas y necesarias para la salud pública. Porque en efecto sería terrible si Egipto no tuviese sus ibis, si en las llanuras del Ganges, en la India faltase el marabú gigante y en las llanuras mejicanas y las ciudades sudamericanas no contasen con los urubus. Estas tres aves son verdaderos salvadores que tienen una sola misión; la de devorar todas las carroñas e inmundicias, que bajo aquellos climas tan calurosos podrían propagar terribles enfermedades contagiosas.