Las hijas de los faraones by Emilio Salgari

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El Nilo, ese gran río que es el desagüe de los grandes lagos ecuatoriales, al igual que el Ganges, gozó antiguamente de fauna divina. Para los súbditos de los Faraones no descendía de los lagos del interior del Continente Negro, sino directamente del cielo; y no estaban equivocados en adorarlo, porque, sin el río, Egipto no hubiera existido nunca.

Egipto es un don del Nilo -dejó escrito Herodoto. Y en efecto lo ha creado todo: el suelo y sus productos, trabajo para los hombres, su carácter nacional, sus instituciones políticas y sociales. Sin aquel beneficioso río, los Faraones no hubieran reinado ciertamente y su gran civilización no hubiera existido nunca, porque ningún pueblo habría podido vivir sobre aquel suelo arenoso, caldeado por los concentrados rayos del sol y en consecuencia totalmente estéril. Han sido las aguas del Nilo las que han conquistado Egipto, que no es otra cosa en realidad que un oasis de algo más de doscientas leguas que en algunos sitios tiene una anchura de una y que solo en su bajo curso lo alcanzan los vientos. Solo el delta tiene grandes proporciones, formando un inmenso triángulo fangoso, de una fertilidad extraordinaria e incluso él es una conquista del Nilo, y no ya sobre las arenas del desierto sino sobre el mar, al que ha obligado a retirarse poco a poco ante las enormes masas de tierra que a lo largo de centenares y centenares de siglos ha ido arrastrando desde las misteriosas regiones del África central. A donde no llegan las aguas de aquel río es al desierto. En efecto, aquella larga y estrecha franja de tierra fértil confina a diestra y siniestra, o sea a poniente y levante, con las arenas. La fertilidad de aquella estrecha faja se debe totalmente a las periódicas crecidas de aquella gigantesca arteria fluvial.

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