Explore "Las hijas de los faraones" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mirinri, Ata, Ounis y los etíopes, presa de una emoción difícil de describir, se habían apresurado a huir refugiándose en la escalera que conducía al serdab, cuya puerta de bronce cerrada por Nefer no permitía subir más que hasta el rellano. Un espectáculo terrorífico había tenido lugar en la inmensa cripta: las tapas de los sarcófagos, que debían encerrar a las momias de los antiguos reyes nubios, comenzaron a chirriar y poco a poco se iban levantando como si los difuntos fuesen a resucitar. ¿Eran las sombras de los muertos que Nefer había pretendido encerrar en sus tumbas y que volvían a salir, aquellas terribles sombras que asustaban a los ribereños del río?
Todos se habían pegado contra la puerta, mirando con los ojos aterrados las tapas de los ataúdes, que seguían alzándose, chirriando cada vez más fuerte siniestramente. Sólo Mirinri se había quedado en el primer peldaño mirándolos intrépidamente, como si quisiese desafiar aquellas terribles sombras. Ciertamente el ánimo del joven Faraón no temblaba, puesto que ni un solo músculo de su rostro se había movido como tampoco lo habían hecho los de Ounis. También el anciano sacerdote que lo había criado observaba una calma suprema y parecía más preocupado por observar a Mirinri que a los sarcófagos. De pronto, con inmensa sorpresa de los etíopes y de los egipcios, se oyeron salir de aquellos seculares sarcófagos unos sones dulcísimos, que se fundían entre sí con una armonía admirable.