Los hijos del aire by Emilio Salgari — Read

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Mientras, los calmucos habían permanecido de rodillas, en una especie de adoración, con las manos tendidas hacia el "Gavilán", al que, seguramente, tomaban por la luna o por algún otro astro del firmamento.

Eran trece, con cinco camellos muy peludos y tres caballos, tan delgados, que se les podían contar las costillas. Delante, puesto de rodillas sobre un tapete deshilachado, había un sacerdote, un mandiki, es decir un monje, tan obeso que parecía una masa de grasa cubierta de piel, con un rostro tan rollizo que parecía una luna llena y sus dos ojuelos permanecían casi escondidos entre aquel montón de grasa. Vestía una sucia túnica de fieltro amarillo, atada a la cintura con un rosario de cuentas de hueso y llevaba la cabeza descubierta, mostrando una sola mata de pelo en medio del cráneo, formando un plumero grasiento. Los demás tenían aspecto de bandidos, con los rasgos angulosos, piel amarillenta, cara plana y muy ancha, ojos oblicuos y barbas descuidadas. Llevaban unas casacas de tela basta, de mangas anchas, pantalones muy amplios, fajas llenas de carabinas de chispa y cuchillos y por el suelo se veían varios tipos de trabucos, cuyos cañones terminaban en forma de embudo.

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