Explore "Blanca" by Tomás Carrasquilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Todos no: Alberto continuaba indiferente a los grandes acontecimientos de la casa: por entonces sólo lo preocupaba el sport rodado: era el número uno de los ciclistas de la ciudad. Cuando, con el traje del caso, pedido especialmente a Europa, volaba por esas calles, fantástico, transfigurado, saludando, gorra en mano, a sus muchas admiradoras, parecía "el Negro Rivas" un fin de siglo convertido en meteoro. ¡Ah, Negro elegante y cachaco! Pero ¡oh brevedad de los tabores humanos! Un día lo llevaron a la casa en guandos. ¿Cómo fué aquello? Nunca se ha averiguado bien. Hubo golpe en la rodilla, y ya se sabe… líquido! Desde que oyó a los médicos la palabra aterradora, todo lo vió entenebrecido; humores negros, esplines de lo más británico, neurosis franco-antioqueña le acometieron en gavilla. Pero no hubo remedio: tuvo que encamarse. Aquí de mis deberes, se dijo Ester; y principió una de esas venganzas inconscientes de la esposa amante y abnegada, de la mujer antioqueña, que tiene el talento en el corazón.
Y como si obraran de concierto, por un acuerdo tácito de sus almas, Ester y Blanca se unieron para consumar aquella venganza. Apenas si salía la niña del cuarto de papacito; en todo quería intervenir; metía sus manitas para ayudar a mamá y a los médicos a hacer las ligaduras; traía la servilleta cuando le llevaban las comidas; anunciaba la visita del facultativo; le ofrecía a Alberto cigarrillo y le acercaba el cenicero; acariciábale el cabello y los bigotes; lo cobijaba como a un niño y a cada paso se le oía: "Papacito ¿está aliviado? ¿Quiere que la Niña cierre la ventana para que se duerma?". Y aquella vocecita daba el tono de la caricia, del halago, de la tierna compasión. En su solicitud, todo lo refería a papacito; quería rodearlo, envolverlo en lo que ella más amaba; traíale a la cama las flores, los abanicos-anuncios que le regalaban en las boticas, su favorito Almamía, las estampitas de la Virgen. Hablábale de los palomos, de los gansos y del chivito de la casa de El Poblado; le tocaba en la guitarrita de pino que le había regalado Pedro, el asistente; denigraba la bicicleta, esa bicicleta fea y malcriada, esa descarada que había tumbado a papacito; lo obsequiaba con barras de caramelo, metiéndoselas en la boca para que chupara; regañaba a Alberto II por los estrépitos, por el taconeo que no dejaban dormir a papacito; quería que éste librara cada rato en unos papeles muy grandes que tenían viejos y animales pintados; lo imponía de la salida y de la entrada de la yegua rucia y del caballo alazán; y cuando en la calle se sentía ruido de carros, corría a cerrar la ventana para que a papacito no le dieran las viruelas.