Blanca by Tomás Carrasquilla — Read

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Blanquita a pesar de la traslación de la santa casa de la Virgen al Loreto de la sombra, seguía en el patio contemplando el cielo tan barrido. Más que barrido parecía lavado, bruñido: la luz con que Dios alumbra nuestro valle se prodigaba en un derroche de gloria; las zonas luminosas de todas aquellas paredes recién enlucidas, eran de una blancura incandescente; el follaje de árboles y trepadoras, los frutos, las flores, el césped, heridos por aquel resistero, semejaban una vegetación de talco, uno de esos paisajes con incrustaciones de nácar que lucen en el fondo de algunos pisapapeles de cristal.

La niña bajó de los cielos a la tierra. Junto a la base de un poste del corredor, en la juntura de dos ladrillos, había repuntado como por encanto un hormiguero, aún no debelado por la escoba del asistente. Verlo y sentarse a contemplarlo, todo fue uno. "¡Mírenlas qué tan formales, cómo llevan su comidita!", exclama entusiasmada no bien parecen unos cuantos de esos titancitos laboradores agobiados con un átomo blanco, apenas perceptible, del pétalo de una rosa. "¡Lo que comen es floritas!… ¡Qué tan lindo!". Y cual si con la admiración se le acabase el entusiasmo hormiguero, corre al santuario, quita la Virgen, la carga en el delantal y la da a Ester para que se la ponga en la repisa del Divino Rostro, donde había que colocársela siempre "para que no estuviera solita".

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