Explore "El sino" by Joaquín Dicenta on Textopian. Read with annotations and highlights.
Después de su muerte comenzó para Anatolio la verdadera dicha. La tarde del entierro escuchó desde su ataúd la oración fúnebre del ministro, y tuvo para reir un rato; el que tardaron en acomodarle dentro de su nicho y tapiar éste con ladrillos y yeso.
¡El buen ministro, aquel señor, que en su vida las vió más gordas, hablando de ciencia astronómica y de los trabajos y libros de Anatolio que iba citando uno por uno! ¡Trabajillo debió costarle aprenderse de memoria la lista de los libros al excelentísimo é ignorantísimo señor! ¡Un sujeto que sólo sabía dividir á sus administrados, hablando de matemáticas sublimes y de constelaciones!. Era para estallar.