Explore "Juan Vulgar" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
De las dos cátedras que había vacantes, una era de Historia de España, otra de Literatura Nacional. Juan comenzó a dudar por cuál de ambas se decidiría, pareciéndole que bastaba optar por una y prepararse bien para que lo demás marchase a medida de su deseo. El desequilibrio intelectual que sometía sus raciocinios a sus ilusiones; la imaginación, siempre dispuesta a desnaturalizar cosas, ideas y sucesos, que le hizo en otro tiempo creer que amaba a Luisa y que dio a su ánimo valor ficticio para luchar contra la adversidad; aquella misma acalorada fantasía, que pintaba a sus ojos como pasión incontrastable la inclinación que María despertó en él, le indujeron también a forjarse nuevas ilusiones, destinadas a resolverse en nuevos desengaños.
Explicar Historia de España le pareció tarea hermosísima y el prepararse bien para la oposición cosa no muy difícil en realidad. ¿Qué tenia que hacer? A juicio suyo, demostrar que conocía las glorias y las desdichas patrias contadas por ilustres escritores; compendiar en concisas frases y abarcar en grandes síntesis el carácter de cada época, la tendencia de cada período, la índole de cada personaje; y luego establecer unas a modo de reglas generales, convergentes todas al ideal del progreso, que llamarla leyes eternas de la historia. Esto, sazonado con toques de erudición inesperada. Citas, pocas, pero raras. No hablar casi de las obras muy conocidas: nada de don Modesto Lafuente, ni del Padre Mariana, ni de Prescott, ni de Solís; y en cambio sacar a relucir párrafos de crónicas olvidadas, de historiadores, de hechos aislados, de cronistas regionales, y buscar datos en documentos literarios, revelando por la apreciación de los hombres contemporáneos a cada suceso el alcance que se atribuyó a las revoluciones y las ideas en los tiempos pasados. Había que redactar el programa de la asignatura, pero esto tampoco le parecía difícil. «Época primitiva -se decía-: celtas, iberos, cántabros, Túbal, etc., etc., y luego fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos, árabes, la Reconquista, -allá iba todo de un golpe- la reunión de las dos coronas, la coronilla, la unidad nacional, la casa de Austria, la decadencia, los Borbones. y se acabó la historia de España.» Con la misma facilidad que hacía esta enumeración, pensaba poder escribir completísimamente el programa exigido. Y luego, cuando le tocase discutir con sus contrincantes, ¡vaya unos discursos que pronunciaría! ¡Pobre Felipe II! ¡Desgraciado siglo XVII! ¡Cómo iban a quedar! Pues, ¿y la resurrección nacional de 1808? ¡Hermoso cuadro! Llamaría sacratísimos a los escombros de Zaragoza y de Gerona; haría el elogio de los guerrilleros; ensalzaría el sentimiento popular de horror a la invasión, y procuraría justificar la tendencia revolucionaria e ilustrada que dominaba en los afrancesados. Esta le pareció una idea muy original: sí, era preciso fundir en un solo latido patriótico el horror al extranjero y el influjo de la Revolución francesa. Así le sucedía en todo: partiendo de ideas sensatas luego comenzaba su imaginación a desbarrar.