Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fernando Lebriza fue una de las muchas personas que, a raíz del fallecimiento de don Carlos, acudieron a dar el pésame a Plácida y a doña Susana. Hacía mucho tiempo que no había estado a verlas, pero en aquella circunstancia le pareció mal dejar de ir. Además, también él llevaba luto por la muerte de su madre, acaecida dos meses antes, y no sabía dónde meterse de noche; así que, cuando se le ocurrió la idea de visitarlas, pensó matar dos pájaros de un tiro: pasaría el rato y quedaría bien con ellas.
Ambas le recibieron cortésmente; doña Susana, al parecer, mejor que Plácida, porque ésta, llena el alma del recuerdo de su padre, se quedaba horas enteras encerrada en su cuarto sin querer salir, en tanto que Susana, dando mayores muestras de resignación que de dolor, acogía con afabilidad a cuantos podían proporcionarla un momento de distracción. Para lograr esto, casi todas las tardes procuraba que se quedase alguien a comer con ellas: unas veces don Manolito, otras cualquier amiga; hasta pensó en invitar a Fulánez si la ocasión se presentaba propicia. A Fernando le convidó con tal insistencia, que aceptó.