Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
En esto comenzó Fernando a quejarse del calor, diciendo que se ponía malo por infringir la costumbre de salir de Madrid durante el verano: comprendió Plácida que deseaba hacer el viaje a que ella se negó a raíz de la boda y, como no existían las razones en que fundó la anterior negativa, declaró que viajaría de grado. Por su gusto hubiera ido a pasar una temporada en cualquiera de las fincas de su marido, o a la casa de labor que ella y su madre tenían en Orejuela; pero Fernando dio a entender que aborrecía el campo, sobre todo el de España, para no tener que hablar de sus haciendas. Por último, Plácida se avino a pasar un mes recorriendo los Pirineos franceses y a detenerse, al volver, en San Sebastián. Aquella semana salieron de Madrid. Susana no les acompañó a la estación porque la tarde de su partida amenazaba tormenta, y Plácida se despidió de ella con la misma emoción que si emprendiese el viaje minutos después de la boda contribuyendo a este reverdecimiento de ternura filial la circunstancia de que en los dos meses transcurridos se le disiparon casi por completo las sospechas pasadas acerca del grado de amistad que pudiese unir a su madre con Fulánez: en primer lugar, porque no volvió a verle; luego observando que su madre no salía sola, y en último término, porque instintivamente deseaba haberse equivocado, prefiriendo ser rencorosa consigo por sus malos pensamientos, antes que fallar contra su madre.
Durante el viaje se convenció de que sus gustos eran más modestos y sencillos que los de Fernando: ella quería albergarse cómodamente; él con ostentación y lujo. Su empeño de ir siempre a los hoteles más caros les llevó en Luchón a uno donde la situación del cuarto en que se alojaron facilitó que Plácida se enterase de una gran picardía de su marido, con ocasión de la cual tuvo el primer disgusto serio.