La honrada by Jacinto Octavio Picón — Read

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Desde la noche en que Fulánez habló atrevidamente a Plácida, hizo Susana proyecto de tener con él una explicación, pensando que lo exigían sus fueros de amante y su dignidad de madre. Se contuvo mientras los recién casados estuvieron en Madrid, sospechando que la entrevista sería agria; mas apenas emprendieron el viaje determinó buscarle para echarle en cara su falsía y su infame deseo de solicitar a Plácida. Comprendiendo que era inútil llamarle ni pedirle citas, determinó cogerle por sorpresa. Sabía que estaba empleado en Gobernación y que vivía al fin de la calle Mayor: lo natural era, por tanto, que para ir a la oficina saliese de su casa entre once y doce de la mañana, y del Ministerio poco después de las cinco. Hubiera preferido verle bajo techado, a solas, donde algunas lágrimas vertidas a tiempo ayudasen a sus palabras; pero esto era imposible. En cambio, la calle tenía otras ventajas: podría decirle libremente cuanto quisiera, y él se vería obligado a callar. En lo más íntimo de su corazón bullía el deseo de la reconciliación; pero lo que principalmente quería era desahogarse, decir ella la última palabra, no quedar abandonada, despreciada, como una corista o una modistilla.

Una mañana llegó a la Puerta del Sol a las once, y desde junto a la fachada de Gobernación emprendió la caminata por la calle Mayor, tomando la acera de la izquierda por donde era racional que viniese: fue despacio hasta la entrada del viaducto de la calle de Segovia, tornó a la Puerta del Sol, por la acera opuesta, mirando continuamente hacia atrás, y no logró verle. A las cinco de la tarde volvió e hizo lo mismo en sentido contrario, echando a andar desde el viaducto, y también fue inútil su cansancio. Al día siguiente no fue, temerosa de que se hubiesen fijado en ella las gentes de las tiendas. Por fin, al otro día, le vio salir de su casa, le siguió de cerca, y cuando llegaba a uno de los soportales que dan paso a la Plaza Mayor, colocándose a su espalda, muy cerca, le llamó por su nombre: él, sin sospechar la que le esperaba, se volvió y topó con ella. No tuvo escape. La entrevista fue corta y humillante para la imprudente señora.

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