Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Acompañó a su madre a Orejuela, arregló las habitaciones que había de ocupar, y pasados dos días regresó a Madrid con su doncella, encargando a la de Susana lo que debía hacer en caso de que la señora se pusiese enferma. Si tal cosa sucediese había de avisar con dos telegramas, uno a Plácida y otro al doctor Mora; y enviar el coche a la estación, que distaba una legua.
Está situada Orejuela en una cañada que forman dos altos cerros, por entre cuyas faldas pasa el Jaramilla formando curvas y remansos que fertilizan sus riberas. La casa, antiguo convento comprado por don Carlos en una venta de bienes nacionales, se alza sobre un montículo apartado del pueblo, en lo más sano de la campiña, y, como todo edificio de origen frailuno, es anchurosa, y cómoda. Tiene espaciosas habitaciones, cuadras, cuartos para gañanes, gran cocina, bodega, candiotera, lagares, huerto plantado de frutales y un trozo de jardín muy descuidado. Las tierras del contorno son de pan llevar y algo de viñedo; pero desde la muerte de don Carlos rentan poco. Los arrendatarios pagan tarde y mal, pretextando, ya que faltó el agua del cielo, ya que la riada anegó los sembrados o que el granizo apedreó los racimos cuando empezaban a granar. Cercan la casa frondosas arboledas pobladas de innumerables pájaros, y a la orilla del río se dilatan algunos prados que según van estando lejos del agua se convierten en terrenos áridos cruzados por la carretera que lleva a la estación del ferrocarril. Para gente hecha a visitar pueblecillos de baños, donde todo se dispone con deseo de atraer gente cortesana, aquellos lugares cercanos a Orejuela son demasiado rústicos: a quien sólo busque la apacible y tranquila quietud del campo, le parecerán deliciosos. De noche se escucha el manso rumor del Jaramilla que choca con las piedrezuelas de sus orillas, y de día se oyen juntamente los cantares de los palurdos, el cencerreo de las bestias que van por la polvorienta carretera y el silbar de las locomotoras que pasan entre cerros cortados por taludes, dejando nubes de humo prendidas al suelo y rastreando entre las matas hasta que el viento las disipa. Merced a los árboles que rodean el caserón, hay en su derredor grandes manchas de sombra, y el huerto ofrece distracción a quien quiere cuidarse de las colmenas arrimadas a la tapia, de los frutales, de las aves que pululan en la inmediata corraliza, o de las flores que independientes y bravías invaden los paseos retoñando fuera de los recuadros.