Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fernando, al mes siguiente, tuvo una racha de ganar que le duró una semana, con lo cual se puso de tan buen humor que a Plácida le parecía otro hombre. Una de las manifestaciones de este contento consistió en llevar varias veces algunos amigos a comer. Una tarde llegó con un señor viejo, prototipo del solterón egoísta, que por no estar solo aceptaba cuantos convites se le hacían, pagándolos en conversación amena; otra vez invitó a un secretario de la Embajada francesa, arrogante mozo que al siguiente día envió a Plácida un soberbio ramo de flores. Después fue a visitarla con muestras de estar prendado, dándoselo a entender tan claramente, que sólo a fuerza de tiempo y severa dignidad logró ella hacerle comprender lo inútil de su empeño. Por fin se portó como caballero, le pidió mil perdones y se disculpó indicando que su atrevimiento estaba fundado en cierta conmiseración que le inspiró el verla tan menospreciada mereciendo mejor suerte.
Después del francés, Fernando llevó a comer varias veces a un amigo que tenía una hermana de poca más edad que Plácida, muy guapa, y, según decía, viuda; pero en realidad separada del marido. Era éste suramericano, la conoció estando en Madrid de cónsul, se casaron, fue luego él llamado a su patria, partieron ambos, y en América, por liviandades de ella, acordaron separarse amistosamente. Pepa -que así se llamaba- volvió a España enlutada, diciendo que había enviudado, y al llegar propuso a su hermano que viviesen juntos, a lo cual accedió gozoso sabiendo que traía dinero. Él hacía la misma vida que Fernando: ella era ligera, frívola, habladora y algo más que coqueta. La influencia de ambos hubiera sido desastrosa en casa de Plácida, a no evitarlo ésta con su sentido moral y su elevación de ideas.