La honrada by Jacinto Octavio Picón — Read

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Perico se retiró procurando analizar las impresiones que acababa de recibir. ¿Quién podía prever las consecuencias de lo sucedido? Lo único claro para él era que experimentaba hacia Plácida una inclinación imposible de disfrazar. No dejó de pensar en ella desde que asistió a Susana, y con mayor tenacidad desde la tarde que comieron solos: ni podían borrársele de la memoria los largos ratos que pasó a su lado con pretexto de la enferma.

Durante la época estudiantil tuvo pocos y pasajeros amores: una modistilla y una amiga de la patrona. Con la primera hizo papel de Tenorio en bailes cursis y cenas baratas; sus relaciones con la segunda fueron el eterno y vulgarísimo episodio de la mujer corrida que se deja conquistar cuando es ella quien seduce. No tuvo más aventuras, y éstas no le dieron idea del amor. Luego llevó vida de hombre trabajador, en cuyo camino no se atraviesa mujer capaz de hacerse querer. Las vengadoras y momentáneas, por finas y elegantes que fuesen, le inspiraban antipatía: no porque alardease de moral, sino porque en amor, como en todo, aborrecía lo artificioso y mentido. En cuanto a la cubanita, Pepa estaba en lo cierto: aquella niña le proporcionó la ocasión de convencerse de que estaba enamorado de Plácida. En el episodio de la flor no había exageración; pero ¡qué diferencia entre la frialdad de entonces y la emoción sentida al recoger del suelo y guardarse a lo ratero las rosas de Plácida.! Aunque dejó de ir largas temporadas a casa de don Carlos, tenía fresco el recuerdo de cómo le vio formar el corazón y el entendimiento de su hija. Era inútil soñar con ella. Acaso llegase a comprender su amor, pero estaba seguro de que no lo compartiría; y si tal cosa sucediera, ella se lo sofocaría calladamente en el alma con el sentimiento del deber y el heroísmo de la virtud, como se ahoga entre dos brazos vigorosos una bestezuela agresiva. Y de no ser así, si le hiciese caso, ¡qué desencanto! Ya no sería la Plácida soñada desde aquella tarde de la comida: si cediese sería una mujer vulgar. Aún iba más lejos su romanticismo. Lo que le sucedía se le antojó castigo providencial por no haber intentado desbaratar la boda. ¡Ah!, ¡si aquella mañana en que leyó el periódico se hubiese ido a ver a Susana.!

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