Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Plácida determinó dar tiempo al tiempo, no hablar a Fernando palabra que se refiriese a dinero, y esperar a ver lo que él hacía; resuelta, por de contado, a seguir el consejo de don Manolito en lo tocante a no autorizarle para vender ni un pie de terreno, ni confiarle papel alguno que representase valor. De acuerdo con su madre siguió pagando inquilinato, servidumbre, mesa, ropas, y cuanto habían menester en la casa.
Fernando continuaba dominado por el juego: como nada gastaba en su propio hogar, con atrasos un día, con ganancias otro, el naipe le producía lo bastante para pagar la mezcla de capricho sensual y vanidad satisfecha que le tenía sujeto a Luisa, cuya elegancia y cuyo lujo comenzaron a dar envidia a las de su clase. En su aspereza respecto de Plácida varió algo, comprendiendo que si enviudase antes de ser padre habría perdido por completo la partida. Lo que le convenía era amansarse y dulcificarse, hasta que el alumbramiento le diese mayor autoridad. Ella sufría calladamente, aparentaba haberse olvidado de las injusticias y vejámenes pasados; pero de día en día se le iba acreciendo la antipatía con que ya le miraba. Así llegó una época en que él, pretextando guardarle consideraciones y miramientos de cierta índole por el estado en que se hallaba, evitó por completo toda intimidad matrimonial, con lo que Plácida, en vez de dolerse por tan ostensible desvío, se alegró del apartamiento. Su resignación rayaba en humildad: lo que no podía era fingir pasión, ni plegarse a pagar deseos de que no participaba, porque hasta en su modo de concebir las caricias había cierta pudorosa delicadeza, absurda e increíble para el hombre acostumbrado a convertir el amor en vicio. No hubo día ni momento preciso en que pactasen aquel divorcio íntimo y secreto de sus cuerpos, reflejo del que ya separaba sus almas; pero luego que él dejó de acercarse a ella, no se consideró olvidada, sino libre. De haber sido poseída por su marido, le quedaron dos impresiones distintas; una, la revelación de todos los secretos del amor material; y otra, el convencimiento de que aquellos goces hubieran ejercido diverso influjo en su vida a estar ella realmente enamorada y ser él hombre que supiera merecerla. Cuando el mal no tenía ya remedio, fue cuando advirtió quo había confundido el impulso de los sentidos con el verdadero amor. Mas por cima de la aversión con que, a causa de todo esto, miraba a Fernando, ponía ella el empeño de ir acostumbrándole a pensar en lo que había de nacer.