La honrada by Jacinto Octavio Picón — Read

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Se empeñó Plácida en amamantar al chiquitín y quiso que, como su abuelo, se llamara Carlos: si hubiese Fernando manifestado deseo de ponerle otro nombre, el suyo, por ejemplo, ella habría seguramente accedido; pero no se le ocurrió. Susana y don Manolito fueron a cristianarle: su padre lo supo pasados dos días, como pudo saberlo al cabo de dos meses: oyó hablar de Carlitos a los criados, y comprendió que se referían al niño. Rara vez le acariciaba y sólo a instancias de Susana solía besarle. Respecto de Plácida, aun era mayor el despego de Fernando: vivía como si no tuviera mujer, de lo cual ella casi se alegraba; pues desde que vio su indiferencia para con el niño, comenzó a cobrarle invencible antipatía. Si hubiera pretendido solicitarla, aproximarse amorosamente a ella, de fijo que hallara mal disimulada resistencia, o, al menos, fría pasividad. Fernando, lejos de pensar en reconciliarse con ella, estaba cada día más enamorado de Luisa. A fuerza de ruegos, y, sobre todo, de gastos llegó a suplantar al senador, prescindiendo casi en absoluto de su propia familia y erigiéndose en único dueño de la pecadora. Pasaba los días y la mayor parte de las noches, no en su casa de la Castellana, sino en el hotel de la calle de Ferraz, donde hacía que le dirigiesen la correspondencia, citaba a los amigos y recibía las ropas que le enviaban el camisero y el sastre. Hasta llegó a presentarse descaradamente en público con Luisa. Quiso ésta en cierta ocasión que la acompañara a una tienda de guantes, y al preguntarle el dependiente su nombre y domicilio para mandárselos, dijo Fernando:

-Señora de Lebriza: calle de Ferraz, número.

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