Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Tan desazonadas y nerviosas pasaron el día siguiente Susana y Plácida, que la primera, aun a riesgo de enojar a su hija, mandó llamar a Perico, cuyo consejo no pudo ser de más fácil ejecución. Opinó que, a todo trance y en beneficio del niño, evitasen escenas análogas, y que para lograrlo se marcharan al pueblo, ofreciéndoles que buscaría ama de cría, teniéndola dispuesta para partir a Orejuela, si el estado de Plácida lo exigía. Ambas aceptaron gustosas la proposición, acordando cumplirla en esta forma: Susana, a la sazón más fuerte que su hija, partiría primero con una doncella para preparar las habitaciones, porque habiendo de alojarse cinco personas, esto es, ellas, dos criadas y la cocinera, no lo permitía, sin previo arreglo, el estado de la casa; y al cabo de tres o cuatro días avisaría a Plácida. Ésta, temerosa de que Fernando dispusiera de ellos, mandó bajar al cuarto de su madre el piano y unos cuantos objetos con que estaba encariñada, y Susana marchó a Orejuela poseída de profunda amargura, reconociéndose culpable de cuanto allí ocurría, cierta de haber labrado la desdicha de su hija. Al despedirse de ella la besó como jamás la había besado, y juntas lloraron estrechamente abrazadas, diciendo Plácida:
-No tengas miedo, arréglalo todo pronto; el cuarto grande de junto al comedor para mí y el niño; la sala para ti. Lo principal es salir de aquí cuanto antes, evitar disputas y, sobre todo, ver si podemos pasar sin ama.