La honrada by Jacinto Octavio Picón — Read

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Desde la noche del Real, y aun más desde la torpe intentona de Luis para obtener el amor de Plácida, las relaciones de ésta con Pepa se habían enfriado mucho. Plácida no le pagaba una sola visita y la recibía con estudiada sequedad, a pesar de lo cual, ella seguía yendo a verla de cuando en cuando, no por amistad, sino deseosa de mortificarla, como ávida de obligarla a un rompimiento que le ocasionase un disgusto con su marido, y, sobre todo, esperanzada siempre en verla pecar y caer; su virtud y resignación le parecían un insulto.

Tal era el estado de su ánimo cuando tuvo motivo para sospechar que un hombre había puesto en Plácida los ojos. El amigo con quien Perico habló en el círculo para que inquiriese la situación en que Fernando se encontraba, cometió la imprudencia de averiguar con poca cautela lo que deseaba saber, preguntó a muchos, se expresó con sobrada claridad, circuló la noticia, y de lenguas en oídos llegó hasta Luis. Saberlo éste y hacer conversación de ello con su hermana, todo fue uno.

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