Cuervo by Leopoldo Alas — Read

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Creo haber dicho ya que la frase bienquisto era muy del agrado de don Ángel, y no sólo amaba la frase, sino lo que significaba; le encantaba el aprecio general, y no porque de esto venía a vivir, pues sus rentas consistían principalmente en lo que se guisaba en las cocinas amigas, sino por el aprecio mismo, por entrar y salir como Pedro por su casa en todos los hogares. No, no era un parásito en el sentido de que explotase sus relaciones con reflexión y cálculo; no pensaba en eso: era un idealista, un artista a su modo; comía donde le cogía la hora de comer, pero sin fijarse, como la cosa más natural del mundo, cual si el tener un sitio suyo en todos los comedores de la ciudad fuese una ley social que no podía menos de cumplirse.

Dejemos cuanto antes este aspecto mezquino prosaico, ruin, de la vocación de Cuervo, aspecto a que él no daba importancia; despreciemos a los mal pensados, como él los despreciaba. Cuervo, además de tener asegurado el pan de cada día, se sentía hombre de influencia; muchos personajes de provincias y algunos de la corte que tenían en Laguna residencia de verano estimaban a Cuervo en lo mucho que valía y a una recomendación suya atendían muchas veces antes que a la de un elector con docenas de votos. Pero él no solía sacar partido de esta ventaja; a lo que estaba, estaba; se contentaba con ser admitido y agasajado en la más escogida sociedad, lo mismo que en la casa más humilde.

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