Explore "Cuesta abajo" by Leopoldo Alas on Textopian. Read with annotations and highlights.
-Comienzo por confesar que en los apuntes escritos ayer hay cierto artificio, además del diálogo. Consiste en haber ocultado, como si yo ahora no lo supiera, que tal vez habría yo bajado al valle de Concienes antes de aquella visita con mi madre a las de Pombal. En efecto, no bien dejamos a la izquierda el camino real que seguía hasta el fondo del valle, hasta la iglesia, y, torciendo por un castañar espesísimo, tomamos la vereda del Castillo, sentí en el alma, y hasta vagamente en los sentidos, como el gusto de una reminiscencia de la niñez, que quitaba el carácter de absoluta novedad a lo que iba viendo. Debo advertir que la hermosura de esta clase de paisajes tan verdes, de tanta frondosidad, en que la tierra pierde sus formas esculturales a fuerza de vestiduras, de terciopelos y encajes y embutidos de follaje, y donde los accidentes del terreno son regulares, moderados, armoniosos, tiene para los profanos, que hasta pueden ser pintores de cierto género, el defecto de la monotonía. -Todo esto es bellísimo -se suele decir-, da gusto vivir aquí; pero todo es igual, y se describe difícilmente sin caer en la repetición y en la vulgaridad. Estos paisajes son al arte como la felicidad completa a la poesía: sólo se pintan bien por milagro. -Así como creo que la felicidad puede ser asunto de interesantísima poesía, creo también que esta verdura de los climas templados y húmedos, esta abundancia de yerbas y hojas, y estas formas suaves que toma la superficie terrestre en países como el mío, de altas montañas allá en los puertos, pero de suaves ondulaciones de colinas y cerros al acercarse al mar (como si fueran éstas unas olas de tierra y piedra que van a esperar a las de agua que vienen de frente), se prestan a ser materia de los primores del pincel y de la descripción literaria. y, lo que más importa a mi propósito, tienen para el hijo de estos valles, que sabe comprender y amar la naturaleza que le rodea, fisonomía especial, que varía a cada recodo de un camino, a cada trasponer de un vericueto. Sucede con esto lo que pasa con los individuos de raza distinta. Para nosotros casi todos los negros, como no sean de tipo diferente, parecen el mismo.
Cuando en Madrid veía yo a tantos y tantos jóvenes de color sucio de la colonia filipina, a todos los tomaba por mi amigo P***, un poeta de allá. Y lo mismo esos filipinos que esos negros se distinguen entre sí como nosotros, y ellos ven grandes variedades de fisonomía donde nosotros no vemos más que rasgos semejantes. Yo, muchas veces, mostrando a los viajeros las bellezas naturales de mi país, he notado que alababan sin entender, cogiendo tan sólo el efecto general, el que habla más al sentido solo, como sucede con el deleite de la música para los profanos; y notaba también que se cansaban, a poco, de contemplar, y acababan por no ver nada, porque todo les parecía ya lo mismo: sentían el hastío del vulgo visitando largo tiempo las salas de un museo. En cambio, para mí, que tengo en estos montes, en estas vegas, en estos árboles y en estos prados, riachuelos y playas, una especie de historia natural. externa de mi propio ser, cada accidente del terreno adquiere casi una personalidad, y tiene de fijo una historia. Porque es de advertir que de unos a otros años, según yo voy cambiando, va cambiando también el aspecto de cada paisaje y de cada pormenor del mismo, sin que ellos dejen de ser como eran, en lo principal a lo menos. Así como en el Quijote, leído un año y otro, se descubren cada vez, según la época de la vida en que se lee, nuevas bellezas, nuevas profundidades (como también pasa con Shakespeare, Pascal, etc., etc.), así yo veo en cada nueva etapa del viaje de mi vida novedades que no sospechaba en la tierra, que he pisado y contemplado siempre.