Explore "Cuesta abajo" by Leopoldo Alas on Textopian. Read with annotations and highlights.
-No pretendo describirme a mí propio el paisaje que se ofreció a nuestros ojos cuando, después de llegar a la vega y de subir por la pomarada que se llama el Castelete, vimos de repente, muy cerca, como quien lo tocaba con la mano, todo El Pombal que teníamos enfrente, al otro lado de aquella hondonada de maíz, que parecía el hueco de una gran ola verde. Estas memorias no son descriptivas sino allí donde a mí me conviene; y, además, de las cosas y personas que no he de pintar sino aquello que en mí haya dejado impresión y que especialmente me importe por cualquier concepto. Aquella tarde, en aquel momento en que a lo mejor podía hallarme a un paso de las señoritas a quien había que alargar la mano y saludar como un caballero, no estaba yo para contemplar cuadros de la naturaleza. Aquella misma vista general de la posesión de mi mujer miles de veces me llenó el alma y el sentido, y ahora con cerrar los ojos veo todo aquello como una cámara oscura podría verlo si tuviese conciencia de lo que refleja; pero entonces sólo noté que estaba más cerca todo aquello que yo estaba acostumbrado a ver desde la meseta de mi colina; que el castillo, que quedaba a la izquierda, en un altozano de hierba de segar muy alta, tenía las piedras comidas por el tiempo, y que la hiedra le subía por los muros como si fuera una caries. De lo que yo comparaba a un templo griego levantado en una ladera entre follaje, distinguí, como si dijéramos, las facciones, que eran las puertas, las ventanas y balcones, la solana, el terradillo y la escalera exterior de sendos tramos laterales, y un descanso y una balaustrada modesta y risueña, bordada de enredaderas; todo esto delante de una puerta al uso del país, de la aldea, es decir, de una puerta de un solo batiente, superpuesto, de modo que la parte de abajo quedaba cerrada durante el día, mientras no tenía que dejar paso. Se abría la parte superior, y parecía aquello un balcón. La casa del Pombal, toda blanca, con las maderas y hierros de verjas y balcones todo verde, estaba como empotrada en la espesura del monte que por detrás del edificio seguíase viendo, cargado de árboles cuyas copas formaban sobre el terradillo y los tejados de pizarra toldos, pabellones y hasta mosquiteros si así quiero figurarme aquella frescura gárrula y movible, que vertía la sombra como un rocío, y cantaba, pulsada por el viento, un poema de alegría con su contraste puro entre el cielo azul y las paredes blancas. Mi madre, al llegar a lo alto del Castelete, sudaba, encendido el rostro, y me sonreía como para darme ánimos.
Se detuvo, apoyó una mano en la cadera, respiró con fuerza, y con trabajo, y entre aliento y aliento, dijo: