Speraindeo by Leopoldo Alas — Read

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D.ª Robustiana Arlanzon era una señora de su casa, en toda la extensión de la palabra; mandaba en todo, su marido inclusive, aunque este se creía rey absoluto en su domicilio. El derecho no se lo negaba D.ª Robustiana a su esposo; sabía, como buena católica, cuales eran las prerrogativas del Sr. Soldevilla; pero tenía la ilustre señora un arma poderosísima, siempre eficaz, para dominar y avasallar y esclavizar a su natural señor. D.ª Robustiana tenía a su disposición todas las aguas del diluvio que oportunamente derramaba en líquidas perlas por los nunca bien enjutos lagrimales de sus ojos.

D. Juan, inflexible ante todas las debilidades, fiel guardador de todas las disciplinas, desde la eclesiástica hasta la familiar, convertíase, sin echarlo de ver, en manso cordero, en un Juan de las Viñas cada vez que se nublaba el hermoso cielo de los ojos de la Arlanzon y amenazaba tormenta. Si las cataratas de aquel cielo se abrían y anegaban la tierra, solo se contenía la torrencial lluvia satisfaciendo por completo la voluntad de D.ª Robustiana; un «sí, lo que tu quieras», era el arco iris que señalaba la alianza. las cataratas volvían a cerrarse y la paloma tornaba con el ramo de oliva. Don Juan creía siempre ceder a los impulsos de su corazón compasivo, cuando en realidad el terror de la inundación era lo que le vencía. El mísero se tomaba el trabajo de ser un tirano con toda su casa, para ser esclavo de su señora.

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