El cura de vericueto by Leopoldo Alas — Read

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Deber… y no poder pagar es un tormento que se le olvidó al Dante en su Infierno. Por algo se llama deber a la obligación; el deber supremo… es pagar lo que está en deber. La conciencia me decía que yo iría a buscar siete estados bajo la tierra lo que se me debiera, lo que fuese mío y no me lo dieran… pues lo mismo había de respetar el derecho de los demás. Mi acreedor para mí era una cosa sagrada, casi un ídolo de terror. Comprendía aquella ley de las XII Tablas, que al que no pagaba lo entregaban sin defensa al acreedor. "Ni judicatum facit… secum ducito, vincito, aut nervo, aut compedibus… Si no paga que le lleve a su casa, y si quiere que le encadene, le ponga cadenas o hierros en los pies… ". Y luego, si no hay quien compre al mísero esclavo de la deuda… tertiis nundinis partis secanto; pasado el tercer día de mercado, que le partan en pedazos y se lo repartan los acreedores.

Ya lo sabía el barón; como yo no valía nada, como ni de balde habría quien me quisiera, podía partirme en cachos, hacer de mí picadillo. Esta era la ley que yo encontraba justa. Me hubiera vendido al otro lado del Nalón (ya que el Tíber estaba lejos), de muy buena gana, para pagar a Cabranes aquellos miles de duros. Pero ¿quién compra a un sacerdote… que no se vende? Porque ¡ay!, como sacerdote, yo no me vendía. Bien sabía yo que el dinero que necesitaba para pagar no lo adquiriría jamás por medios ilícitos. Y los lícitos en mi profesión ¡eran tan poca cosa! ¿Camino del clérigo para la riqueza? La simonía. Yo no había de ser simoniaco. Veía que otros, sin valer más que yo, llegaban a obispos, juntaban grandes rentas; pero yo no era bastante virtuoso, ni bastante sabio para merecer por tales conceptos subir a las alturas; ni era intrigante y adulador y falso, mojigato, hipócrita, para usurpar las dignidades primeras debidas al mérito. Además, no me sentía ambicioso; me faltaban las alas aquilinas de la vanidad y el orgullo; mi pobre vuelo de gallina me apartaba de la ambición y me condenaba a la avaricia cominera, a escarbar en las miseriucas de la vida prosaica, rastrera, para chuparle a la tierra gusanos. Por aquel tiempo cayó en mis manos un libraco, pienso que de un señor Bastiat, en el que vi la apología del ahorro; allí se cantaban los milagros del petit centime. ¡Aquel era mi camino! Por el céntimo tenía yo que ir en busca de mi reconquista, de mi libertad, perdida en las cadenas de la deuda. Pero ¡ahorrar! ¿Cómo ahorra un pobre capellán, que si tiene para cenar no tiene para comer? En otro oficio, yo estaba seguro de que mi ingenio me ayudaría para ganar, a fuerza de trabajo y escasez, para mis necesidades, lo que bastara a cumplir con mi compromiso; pero la sotana me ataba y me impedía la acción, la defensa, como al pobre Agamenón la enmarañada urdimbre de Clitemnestra arrojó sobre su cabeza, para que a mansalva le rematara Egisto.

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