Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mucho después de que todos los demás durmiesen, excepto los guardianes encargados de la entrada, Lucano escribió su evangelio de la crucifixión. Las puertas de su dormitorio estaban abiertas y la brisa procedente del mar, cargada de sonidos y aromáticos perfumes de los jardines, llegaba hasta allí. Algunas veces, medio soñando con su estilo en la mano, alzaba su dorada cabeza para escuchar el silvestre y dulce estremecimiento de los pájaros de la noche y el incesante rumor de las fuentes. A su alrededor ardían lámparas de oro, plata y cristal y con frecuencia, ignorándolo, contemplaba los murales de las paredes.
¿Cuántas cosas -pensó- le había dicho Prisco? ¿Y cuánto había visto espiritualmente a través de los moribundos ojos de su hermano? Prisco no era un joven que tuviese un gran poder descriptivo, sin embargo había influido en Lucano a través de aquellas horas de grandeza y terror en el Gólgota, de tal forma que Lucano podía contemplarlas por sí mismo como si estuviese presente. Fue él quien tocó la cruz, quien había visto al hombre sobre ella; había recibido su dulce y misteriosa sonrisa, había mirado a María y se había sentido desgarrado a causa de su dolor, había escuchado los aullidos y lamentos del pueblo. ¿Qué significaba aquel grito que Dios había lanzado sobre la cruz que Prisco recordaba pero que no pudo traducir? Lucano se detuvo pensativo. Como griego era preciso no poner nada en su evangelio excepto lo que Prisco había visto y recordaba, y lo que, a través de sus ojos, misteriosamente, él por sí mismo había discernido.