Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Diodoro Cirino despertó bajo el peso de tres enojosas impresiones: el marido de la hermana mayor de Aurelia, el senador Carvilio Ulpiano, era un desagradable huésped en la casa. Había llegado la noche anterior, y adoptado un aire de paternal protección porque, al parecer, había olvidado que, aunque miembro de una familia muy antigua y noble, se había casado con Cornelia por causa de su dinero. Este dinero no sólo había contribuido a que llegase a senador (gracias al soborno, decía Diodoro con furor), sino que le había permitido dedicarse a su pasión por el arte egipcio. Había oído hablar de unos jarrones y pequeñas estatuas que databan de la segunda dinastía, y estaba de camino hacia Egipto para tratar de adquirirlas.
El segundo hecho miserable que Diodoro tenía ante sí aquella mañana consistía en que aquél era el día señalado para celebrar sesión con los magistrados sirios en la Casa de Justicia, escuchar las quejas de los nobles locales; de los propietarios y jefes, acerca de los impuestos que se recogían en la provincia y especialmente de los que pesaban sobre ellos, y para recibir los informes de los perversos cobradores de impuestos, a quien Diodoro odiaba más que a ninguna otra clase de hombres. Para Diodoro, un cobrador de impuestos, aunque aparentemente necesario en aquellos degenerados días, era más despreciable que el más sucio chacal y tenía algo que recordaba los hábitos de los chacales, sobre lo cual Diodoro maldecía en alta voz en compañía de sus oficiales y en los términos groseros de los soldados. Esto, invariablemente, animaba a las víctimas de los cobradores de impuestos.