Médico de cuerpos y almas by Taylor Caldwell

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El vino servido durante la cena no podía ser del agrado del delicado paladar de Carvilio Ulpiano. Apicius, cuyo libro de cocina era usado incluso en las cocinas de Tiberio, había descrito setenta y cinco maneras distintas para preparar alubias, todas ellas delicadas. Pero Aurelia y sus cocineras aparentemente sólo conocían una, la más grosera, propia tan sólo para esclavos de galeras. El patricio senador miró su plato de alubias, bien sazonado con ajo, al cual habían añadido una carne de aspecto dudoso, de cabra o de las partes menos delicadas del cerdo. El pan estaba duro, las legumbres flácidas, y el único plato que no producía náuseas al delicado Carvilio Ulpiano eran las pequeñas y saladas aceitunas negras de Judea. Había olvidado lo repugnantes que eran las comidas en aquella casa. Diodoro le miraba con ironía bajo la débil luz de las humeantes lámparas de estaño, y no de plata. El tribuno tocó la base de una de ellas y dijo: -Pareces turbado, hermano.

Siento que estas lámparas no sean de cristal de Alejandría. Si lo fuesen, podrías ver tu comida más claramente.

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