Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Rubria se recobró un poco, lo bastante para ser bajada al jardín, bajo un árbol en la cálida luz de primavera. El pálido aspecto de su rostro adquirió un color débil. Keptah había dicho a Diodoro que la joven frecuentemente tendría estas recaídas de parcial invalidez. El devoto padre no sabía que las largas mangas que la niña usaba, y los vestidos de lana a pesar del calor, eran para ocultarle las dolorosas hemorragias visibles bajo su delgada piel y para calentar aquel débil cuerpo. Aurelia y él habían acordado que ella y Rubria no marcharían a Roma hasta el otoño. Entretanto, se cruzaban calurosas cartas entre él y el senador acerca de la dote.
Cusa permitía tanto como podía que Lucano tuviese sus lecciones en el jardín, cerca de Rubria, a fin de que el joven pudiese estar con la doncella. Rubria ya no estudiaba; su vacilante fuerza, su delgadez y repentinas caídas en una gran debilidad, prohibían todo esfuerzo, pero sonreía con infinita dulzura cuando Lucano recitaba sus lecciones. Reía amablemente ante alguna de las salidas de Cusa. Él siempre se había creído ingenioso. En favor de la muchacha, Cusa con frecuencia permanecía en vela toda la noche, inventando agudezas o historias alegres. El corazón del hábil griego se hacía de mantequilla en presencia de Rubria. Él que creía que todos los hombres eran malos, incapaces de motivos verdaderamente desinteresados, de naturaleza de lobos, disolutos en sus pensamientos, se asombraba de sí mismo. Ante aquella muchacha se sentía inspirado tan sólo por el amor.