Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Lucano leía el séptimo libro de Herodoto, en el que decía que Jerjes había llorado el día de su victoria. Entonces Artabano, tío de Jerjes, se había acercado a él y dicho: «Señor, primero felicítate a ti mismo y luego llora», a lo que Jerjes había replicado: «Me sentí invadido de piedad ante el pensamiento de la brevedad de la vida humana, al percibir que de todas estas multitudes, ni un solo individuo vivirá dentro de cien años». Artabano había replicado: «En la vida tenemos otras experiencias menos lastimosas que ésta. El tiempo de nuestra vida es ciertamente tan breve como dices y, sin embargo, no hay un solo individuo que sea tan completamente feliz como para que en el transcurso de su vida, breve como es, no desee, no una vez sino muchas, el estar muerto y no vivo». Sí, Lucano dejó el libro e inclinó la cabeza contra la mano contemplando sin ver el rayo amarillo y caluroso de un sol de verano que caía sobre sus pies vestidos de sandalias.
En aquel tiempo estudiaba mucho en casa, huyendo de la clase tan pronto las lecciones acababan, para escapar de los esclavos, que persistían en inclinarse ante él, o tocar sus vestidos, o caer de rodillas ante él implorando su intercesión ante los dioses. Le horripilaba y repelía que él, extraño y desesperanzado en cuanto a Dios, fuese rogado que actuase de intermediario entre los sufrientes y Él. Huía de los ojos que le adoraban y de las manos alzadas. Deseaba gritar: «¡Os digo que Él os odia! Nos da la vida para que muramos en la oscuridad. Nos da la vida para que veamos la fealdad de la muerte. Nos da el amor a fin de que pueda destruimos. ¡Mejor adorar a Caronte que a Él! ». Pero no podía decir aquello aunque se estremecía desesperadamente en su corazón. Desde que había salvado la vida del pequeño Prisco, los esclavos creían devotamente que había sido tocado por la divinidad. Ya no podía ir al hospital, ni visitar esclavos enfermos en compañía de Keptah.