Médico de cuerpos y almas by Taylor Caldwell

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Diodoro llamó a Iris ante su presencia aquella misma tarde.

En el camino, acompañada por una esclava y por el niño, se dirigía mentalmente a Aurelia desde lo más profundo de su alma: «Me ha llamado a su presencia, señora; tú sabes cuánto nos hemos amado, y que nunca te fuimos desleales porque te amábamos a ti. Puedo ir ahora a él y decirle: donde tú estés, Cayo, allí estoy yo, Caya. Querida amiga, te recordaremos con amor y con la más preciosa de las memorias. Si somos bendecidos con hijos, llamaremos a la primera niña como tú, la más amable de las amigas». Su gozo era tan exuberante que su bellísimo rostro brillaba con luz. Se había recogido el dorado cabello con blancas cintas y su estola estaba cuidadosamente plegada, los bordes caídos sobre sus blancos pies. Estaba radiante y joven como una diosa y su cuello tenía un tinte rosado causado por la rapidez del pulso de su sangre. A causa de su excitación tenía que dominarse para no correr.

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