Médico de cuerpos y almas by Taylor Caldwell

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Aquél fue uno de los inviernos más terribles. Las siete colinas parecían siete desnudas sepulturas, quietas como la muerte, cubiertas de nieve durante largos y amargos días. La Campania quedó primero cubierta de hielo, y después transformada en negra y esponjosa marisma. La nieve impulsada por el viento, golpeaba los rostros de la gente, los caminos brillaban como espejos, serpenteaban brillantes a medio día y brillaban de nuevo bajo la luz de una luna acerada. Los blancos palacios resaltaban como suspendidos huesos contra la blancura que les rodeaba, sus columnas cubiertas con agua congelada, sus cornisas adornadas con carámbanos. El Tíber se deslizaba perezosamente reflejando un pálido cielo gris y un sol no menos pálido, y algunas veces su corriente circulaba como la negra corriente de la Estigia. El humo salía del centro de los templos y de los hogares de los ricos.

Pero sobre el Transtíber reinaba una quietud parecida a la que imponía la peste, y el pueblo pobre, desolado y hambriento, se amontonaba en pequeñas e infectas habitaciones buscando el calor. A veces una galerna invernal soplaba a través de la gran ciudad helada. Poca gente salía fuera, ni siquiera las señoras enfundadas en sus ricos abrigos de pieles pues permanecían en las cálidas habitaciones de sus hogares, arrimadas a braseros llenos de rojas brasas. Algunas veces las multitudes se reunían en el Panteón, en el centro del cual, y sobre el suelo de mármol protegido por una plancha de hierro, se encendía un gran fuego. Las estatuas de los dioses en sus dorados nichos parecían animarse con movimiento bajo las vacilantes sombras rojas. El humo de madera quemada e incienso parecía esconderles, volverles a revelar y nuevamente esconderles entre nubes.

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