Médico de cuerpos y almas by Taylor Caldwell

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Lucano no podía saber que se le había concedido un gran honor al permitirle ver al César solo, sin nadie presente, ni siquiera un soldado de la guardia. No podía saber que el astuto Tiberio había visto al instante que se hallaba ante un joven en quien se podía confiar absolutamente. Lucano, por su parte, trataba rápidamente de clasificar al César. Un hombre rudo y resentido, ¿de qué estaba resentido? ¿Su esposa infiel; sus amigos, sus cargas, Roma? Lucano sintió una repentina compasión. En algún lugar de los jardines cercanos a la biblioteca los pavos reales gritaron; el distante sonido de una música alegre llegó hasta allí. Pero en la biblioteca los dos hombres, un poderoso César y un sencillo médico, se miraron uno a otro con franqueza. Lucano percibió un débil y desagradable olor de ungüentos que César tenía esparcidos por la cara. Deseó hablar, pero recordó que César debía ser siempre el primero, Tiberio, a su vez, vio que Lucano no sentía el menor temor ante él.

Por un momento se sintió asombrado, preguntándose si el joven sería tonto. Sin embargo, le impresionó la apariencia de Lucano. Tiberio dijo, contemplando de nuevo a Lucano con atención: -¿Puedo expresarte mi condolencia, mi buen Lucano, por la muerte de tu padre? Un hombre justo, heroico y sencillo. El último de los grandes romanos.

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