Chamijo by Roberto Jorge Payró — Read

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Dio a la ciudad futura el nombre de La Sal, consagrose gobernador y, para contentar a todos, nombró alcaldes, regidores, escribanos, alguaciles con tal profusión que casi no quedaba entre los cuarenta uno solo sin su correspondiente cargo o dignidad. Todos eran jefes, y no hubiera quedado a quien mandar sino a los indios auxiliares que llevaban, y a quienes poco importó la nueva aparatosa organización social y política, pues continuaban tan esclavos como antes, sin haber cambiado de título siquiera.

Con sus propias manos y bajo la vara de los españoles, construyeron algunas chozas de terrón, cubiertas groseramente de paja, a los cuatro costados de un gran espacio vacío que se llamó pomposamente plaza, y la ciudad de La Sal quedó fundada por don Pedro Bohórquez Girón, y sus soldados convertidos de la noche a la mañana en magistrados, funcionarios y ciudadanos libres. Pero no había contado el fundador con la huéspeda; mejor dicho, con las huéspedas. En primer lugar, el señor alcalde empezó a decirse que bien podría ser gobernador; cada uno de los regidores pensó que, con justo título, debía ser alcalde; los escribanos, que eran dos, envidiaron a los regidores, y desaprobaron con cierta razón sus nombramientos, como que si a ellos se les hacía escribanos era precisamente porque sabían más que los otros, «incapaces de poner una carta». No se hable de los alguaciles, que sólo podían ser envidiados por los simples vecinos, ni de estos últimos, de quienes los naturales eran ya los únicos subalternos.

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