Explore "El falso inca" by Roberto Jorge Payró on Textopian. Read with annotations and highlights.
Un instante después, el nuevo personaje estaba hablando confidencialmente con el gobernador Mercado y Villacorta, en el mismo despacho en que éste recibiera a Bohórquez.
El padre Hernando de Torreblanca, un hombre de cuarenta y cinco años más o menos, de figura varonil y ademanes resueltos, alto y delgado, rostro enjuto y ascético de acentuados rasgos, nariz aguileña, ojos negros que ora brillaban con extraordinario fulgor, ora se apagaban tras de los párpados entornados con mística unción, y labios sutiles en que vagaba una pálida sonrisa que tanto podía ser doliente cuanto irónica. Daba la impresión de un ave de presa, adormecida a ratos. Jesuita, hacía ya años que habitaba y recorría aquellas comarcas, predicando, observando, gobernando quizá: decíase, en efecto, que era inspirador y consejero del obispo Maldonado, quien sólo obraba de acuerdo con él y por su insinuación; que el clero todo de los valles, bastante numeroso ya, sin embargo, le obedecía ciegamente, y que el mismo gobernador Mercado y Villacorta no podía substraerse a su influjo, a pesar de sus ruidosas veleidades de independencia, sus ostensibles pretensiones de gran político, y su aparente afán de desligar lo divino de lo humano, dejando el cielo para los sacerdotes de Dios, y guardándose la tierra para él. Algún aventurero descreído, de los pocos de esta calaña que formaban en sus filas, llegaba hasta decir que el gobernador y el padre Torreblanca se daban por enemigos para entenderse mejor, y lo cierto es que nunca hubo diferencias fundamentales entre la acción del uno y la del otro.