Explore "El perseguidor" by Carmen de Burgos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Este otoño, su viaje era por Suiza. Aquella sierra blanca, con sus lagos azules, sus árboles escarchados y sus montes casi inaccesibles, le daba una sensación de bienestar, algo egoísta, al convertir en elementos de placer toda la dureza del clima. Se detuvo en Basilea, seducida por su encanto de ciudad moderna y provinciana; en la que gozaba el placer de la libertad de su nuevo viaje.
Su terror de Venecia y Nápoles había apresurado su vuelta a España, Casi un año entero pasado en Madrid borró el recuerdo desagradable y excitó más en ella su deseo de viajar. Como una disculpa, como una justificación ante sí misma, se explicaba sus terrores por la influencia que ejercía sobre sus nervios el ambiente tan excepcional y tan romántico de las ciudades de Italia. Se vivía en ellas demasiado del ayer de los recuerdos. Una vida irreal, Suiza ya le sentaba bien; el frío seco la fortalecía. Se reunía con otros turistas para sus paseos de sport; sus largos viajes a pie, con el bastón forrado en la mano y la mochila del equipaje a la espalda. Cada mañana sonreía ante su espejo, estaba más esbelta, más sana, más fuerte; sus mejillas florecían enrosadas de salud. Los días que no tenían excursiones, los pasaba visitando aquellos museos tan interesantes para la vida suiza o contemplando las pinturas de Holbein o las revelaciones que Redin hacía de las rocas del Rhin. A veces, desde el Palof, a la sombra de la catedral, veía las lejanías de las montañas y de la selva negra, y otras discurría por las plazas silenciosas, románticas, demasiado llenas de humedad y de sombra, parándose a contemplar las escenas de costumbres populares, que se desarrollaban al lado de las fuentes de bronce en forma de taza, donde las grandes gallinas de metal vertían del pico chorros de agua cristalina, que parecía negra y sucia por ese fenómeno del agua sobre el blancor de la nieve.