La mujer fría by Carmen de Burgos — Read

Explore "La mujer fría" by Carmen de Burgos on Textopian. Read with annotations and highlights.

Cuando estuvo bastante lejos para no poder ser visto desde el hotel, Fernando se apartó de la acera y fue a sentarse en uno de los grandes sillones de hierro colocados debajo de los árboles de Recoletos, y ya casi desiertos a aquella hora. Sólo algunos rezagados habían hecho una especie de cama, entre dos de ellos, y dormitaban al fresco, con los chalecos desabrochados y la cabeza descubierta. Ya se habían cerrado los puestecillos de refresco, y aún quedaba en el ambiente esa especie de vibración que resta de la muchedumbre.

Estaba aturdido. Amaba a Blanca con una pasión terrible, avasalladora, capaz de todo. Era como si de las pupilas verdes se desprendiese una chispa fría y magnética que lo encadenase. No tenía vida ni voluntad más que para ella. Su pasión no era sólo espiritual, era una pasión física que lo abrasaba, y, sin embargo, no podía aspirar a ser satisfecha. Cada vez que se aproximaba a ella, que la tocaba, sentía una quemadura de nieve, pero con una sensación extraña, como si tocase un cadáver. Él no se había dado cuenta de aquel hedor al principio de sus relaciones. Pensó que aquel nombre de «La mujer fría» era debido a la clase de belleza inexpresiva y extraña de Blanca, y también a su carácter reservado, retraído, indiferente a los amores que despertaba. En ese sentido tomó su nombre, que llegaba a complacerle. Habría una mayor gloria en conseguir el amor de una de esas mujeres excepcionales, incapaces de amor. En el fondo del amor de mujeres como Cleopatra o Lucrecia Borgia debía haber a algo semejante a una gota de licor celestial que sólo pudieran libar hombres contados, hombres que se debieran sentir gloriosos, como los pastores de Atis cuando descendían hasta ellos las diosas para llevarse un hijo de mortal bajo sus ceñidores.

Reading navigation