Explore "Los anticuarios" by Carmen de Burgos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando Adelina acabó de reparar las telas tendió la vista por la tienda. Nada faltaba a la exposición. Los escaparates recién arreglados se abrían como dos flores que buscan el sol, frente a la claridad del boulevard. Sobre un fondo de damascos y terciopelos, bajo doseles de encajes de un blanco marfilino, teñidos por el tiempo, o de un negro castaña, lucían las estofas de las vestiduras de los santos de talla, los reflejos metálicos de los platos mozárabes, el ardor concentrado de las porcelanas de Talavera y las preciosas lacas de los guardajoyas antiguos. La clara dulzura de los esmaltes se aumentaba cerca de los calados del marfil, y los mosaicos deslucidos se perdían bajo la tonalidad brillante de los azules de los azulejos y sus amarillos de sol. Objetos menudos sembraban los espacios en una graciosa prodigalidad irregular. Tabaqueras del sigloXVIII con esmaltes sobre oro, en los que lindas pastoras Watean tomaban actitudes de minué; pequeñas cajitas de metal, fácilmente convertibles en polveras, en cuyas tapas se incrustaban esmeraldas, rubís, topacios, piedras pequeñitas como granos de trigo, que se entretejían con los hilos finísimos de la trama de filigrana.
Todo el interior de la tiendecita era la prolongación de los escaparates. Suntuosos bargueños del Renacimiento italiano, con sus grandes columnas de bronce y sus mosaicos de marfil o concha figurando caballerescas escenas de montería. Bargueños españoles, esos lindos muebles que han conservado el nombre de la ciudad de Bargas, donde se hicieron los primeros. Tan severos, forrados, destacando los suntuosos herrajes sobre los terciopelos rojos; con su prestigio nobiliario y con el misterio del secreto que debían esconder todos. Aquel cajón disimulado entre las tablas, donde se guardaban joyas y monedas, documentos importantes o comprometedoras pruebas de amor, que quedaron desconocidas.