El caballero de las botas azules

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-Como si me fuese posible creer en la duración de los sentimientos humanos le hubiera dicho ahora a esa pobre niña: ¡deténte a mi lado, amor mío, y no nos separemos jamás! Pero después de la alborada de ilusiones que ahora llama tan afanosa a las puertas de su corazón, después de este primer día de esperanzas, de sueños y de velados deseos que el pudor y la ignorancia más casta embellecen, ¡qué abismo de ambiciones!, ¡qué seguro arrojo para marchar por las oscuras sendas de la vida en las cuales la planta se detiene apenas por temor a la mirada implacable, escudriñadora y siempre alerta con que la sigue el mundo! ¡Qué eterna batalla entre el duro y frío razonar del entendimiento y el ciego empuje de las pasiones! ¡Pasa!… pasa, mentira candorosa que, como todas, has de convertirte en olvidado recuerdo. Aquel ¡ya fue!, que es tumba desolada de cuanto en el mundo ha existido, resonará también para ti en su hora… y, ¡ay!, ¿qué hubieras sido entonces para el ser descontentadizo y turbulento en quien los primeros albores de tu amor primero han venido a reflejarse? Una Mariquita y nada más.

Razonando de esta manera, tan propia de los héroes de nuestro tiempo, y envuelto en la ya conocida capa negra, llegó el duque de la Gloria a casa de Melchorcillo, a cuya puerta llamó suavemente. El mismo mozo, pálido y demudado, salió a abrir, como tiene que hacerlo el que no puede pagar porteros ni criados; mas a la vista de su rival, a quien reconoció a pesar de que iba embozado hasta los ojos, retrocedió lleno de horror. El duque, con tono afable aunque sin descuidar el rostro, le dijo:

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