Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los emisarios de Atahulpa que corrían el imperio reuniendo el oro necesario para el rescate, empezaban a llegar a Cajamalca conduciendo enormes cantidades, según el cupo repartido a cada provincia; todos llenos de inquietud ansiaban el momento de ver reunido el necesario para llenar la tienda hasta la altura conyenida, y todos contribuían gustosos y solícitos al objeto, y en tanto, como hemos visto, los campos enemigos parecían estar en la más acorde harmonía. Ocollo no se separaba del pabellón de su adorado Inca, y hasta Huascar y Vericochas tenían frecuentes entrevistas con los jefes invasores, y tocaban superficialmente algunos puntos de religión y de política. Pizarro, cual león que enguedeja su melena tras de la esquiva leona, seguía ardoroso los pasos de la hermosa Ocollo, y de día en día se inflamaba con más violencia la llama de amor que ardía en su pecho, que mal pudiera escaparse a las vigilantes miradas de Luque.
Recuerda, amigo, recuerda, le dijo un día a su compañero, que ultrajas a tu rey y a tu Dios, amando a esa idólatra. A extender el Colosal Poder del trono de Castilla, a propagar la adoración de la cruz, has venido a estas remotas playas, no a gemir víctima del amor cual un débil mancebo.