La conquista del Perú

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La más profunda calma reinaba en el campo invasor y en el ejército peruano; el interés de unos y otros exigía el exacto cumplimiento del convenio celebrado en el rescate de Atahulpa; y como una de las condiciones era la comunicación entre los campos, los peruanos pasaban a las tiendas españolas, y los castellanos entraban en Cajamalca. Los pocos nobles que escaparon de la matanza en la prisión del Inca, continuamente llegaban a tributar su homenaje a su infeliz monarca, y el pueblo y los soldados corrían a porfía a llenar el número de ciento que podían entrar en las tiendas, ya para ver al Inca, ya para admirar a los hijos del Sol, cuyo aspecto, cuyas armas les eran cada vez más incomprensibles y misteriosas. Pizarro empero, no permitía a sus soldados que pasasen con frecuencia a Cajamalca. Persuadido de que su grande prestigio consistía en que los españoles fuesen mirados como seres sobrenaturales, no le convenía que viesen los peruanos de cerca sus debilidades humanas. ¡Tanto han decidido las preocupaciones de la suerte de los pueblos! Empero, si algunos españoles entraban en la ciudad, revestidos de sus bruñidas cotas, ostentando sus largas y negras barbas, empuñando sus armas temerosas, infundían en los sencillos habitantes un terror religioso que les aseguraba la victoria.

En tan lisonjera calma continuaron por algunos días los campos enemigos, mientras que los emisarios de Atahulpa corrían con la velocidad del rayo las provincias del imperio reuniendo el oro del rescate. Ni Vericochas, ni el valiente Huascar agitaban los ánimos contra los españoles, y ni Pizarro ni los suyos daban el menor motivo de queja esperando solícitos los inmensos tesoros. Luque, intolerante y fanático no podía sufrir con indiferencia el culto del imperio, ni su sistema religioso; empero, disimulaba su intolerancia y se amoldaba a los momentos. Con la cruz y el breviario alentaba infatigable a sus compañeros, continuamente les recordaba que su primer deber era extender la religión de Jesucristo en el Nuevo Mundo, y que si les ordenaban los destinos perecer en la ardua empresa, halagados de su Dios, la bienaventuranza eterna los esperaba en el otro mundo. ¡Oh! ¡cuando pudo ser vencido un ejército de fanáticos!

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