Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Había tendido la noche su lúgubre manto, las fulgentes estrellas mandaban su escasa luz a la tierra, y negras sombras, aunque en apacible calma, cubrían el horizonte. Ocollo había instruido al consejo de los convenios celebrados con Pizarro, y por consiguiente de la libertad en que estaban los sacerdotes de dar sepultura a los cadáveres peruanos. Vericochas no perdió momento en reunir los venerables ministros del Sol para la religiosa ceremonia, y el pueblo ya tranquilo, descansando de nuevo en las promesas de los hijos del Sol, concurría al templo en fúnebre aparato, para unir sus tristes acentos, a los cantos funerales de los sacerdotes; pero la hermosa Coya, aunque adoraba tiernamente a su querida patria, sumergida en un profundo estupor, apenas tomaba parte en el contento general que reinaba en Cajamalca: la noche oscura y silenciosa seguía su curso inalterable, volaban los momentos, y a las doce había de hablar a su gallardo Almagro. El amor más cándido de inocente virgen ardía en su almo pecho, y la inquietud más deliciosa combatía su sensible corazón.
Reunidos en el templo los sacerdotes, colocado en unas riquísimas andas el símbolo de la luna, dio Huascar las órdenes convenientes tendieran en la campiña diez batallones que realzasen la pompa del enterramiento de los guerreros, y Coya dirigía los movimientos militares. Al instante se aprestaron las fuerzas; al son de lúgubres músicas salieron de la ciudad y se tendieron sin sobresalto en la campiña que había sido la escena de tantos horrores. El joven y bizarro Almagro vagaba por el campo español agitado en un mar de inquietudes. Aunque educado entre la sangre y los horrores del Nuevo Mundo, su corazón era noble, sensible y generoso, y Coya le había inspirado el amor más puro e inextinguible. Esperaba con ansia la hora de las doce para hablar a su adorada, pero temía ver despreciado su amor y temía verle correspondido en su situación política. El campo de Pizarro dormía en tanto tranquilo, y los batallones peruanos salían de la ciudad y se tendían por la campiña. No pudieron los invasores concebir por el momento el objeto de aquel movimiento militar, y al pronto sonido del atambor se pusieron sobre la armas y encendieron grandes hogueras que alumbraran algún tanto las sombras de la noche.