La conquista del Perú

Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.

Aunque los peruanos se batieron con la desesperación propia de un pueblo que combate por sus leyes, sus riquezas y sus Dioses, su derrota empero fue completa, y huyeron aterrados a encerrarse en los débiles muros: el campo quedó cubierto de cadáveres, y mil prisionero se quedaron en poder de los vencedores. Fingir ya era imposible; había llegado el instante del rompimiento, y el oro y la sangre habían de correr de un mundo al otro. Los invasores, fanáticos y ambiciosos, no tendrían tampoco otro recurso que la muerte o la victoria, y la batalla de Cajamalca abría una nueva era.

Almagro combatiendo, o por mejor decir protegiendo a su adorada Coya, ignoraba la muerte del Inca, y cuando vio su cadáver, acabó de penetrar la reserva de sus compañeros para con él; pero si temía las acusaciones de su adorada, dominado por el fanatismo de su siglo, tal vez no compadecía la suerte del obstinado idólatra. Era preciso cumplir con las negras exigencias del siglo, y aterrar a los prisioneros, y el cadáver del Inca fue arrojado entre lúgubres ceremonias a la hoguera que aun ardía. Luque frenético, con el crucifijo en las manos, corría la línea de los prisioneros peruanos exhortándoles a adorar la cruz; un bando irrevocable condenaba a perpetua servidumbre al que no recibiera las aguas del bautismo, y los aterrados prisioneros bajaban la cerviz al sacerdote y recibían el agua de la salvación, y en tanto el sol opaco y melancólico se ocultaba entre ligeras nubes, y sus adoradores postraban en la tierra sus frentes temblorosas, y tal vez temiendo sus iras, algunos de más ardiente fibra prorrumpían en terribles maldiciones contra el Dios de los venidos del Oriente, y eran arrojados a las llamas, y sus cenizas se daban al viento, y ni Pizarro, ni el furioso Luque eran criminales, porque era crimen de su siglo.

Reading navigation