Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Huascar elocuente y animado de todas las virtudes, no sólo daba ejemplo a sus guerreros de despreciar los peligros, sino que también a cada instante los arengaba con entusiasmo sobre los encantos de la libertad, y les pintaba el rugido de las poderosas cadenas que amarrarían sus brazos, si se dejasen vencer de los venidos del Oriente. Vericochas en el templo inspirado de la gratitud, pregonaba los infinitos dones que el padre del día derramaba sobre la tierra, lo obligados que estaban los hombres a su culto, y el horroroso perjurio, el negro crimen que sería abandonar el culto de sus mayores, el culto de la razón, por el Dios de unos hombres insensibles, que no arrastraban el ejercicio de sus creencias sino con el puñal y las hogueras.
Enardecidas las almas, los Peruanos se arrojaban valientes a la muerte, y el valor de los españoles se veía mil veces comprometido. Pero los castellanos eran la admiración de la Europa en el siglo XVI, su impavidez les había dado el imperio de dos mundos; Pizarro era tan arrojado como halagado de la suerte, y al rigor de sus armas matadoras cedían los numerosos ejércitos del imperio. La sangre de los infelices enrojecía las amenas campiñas de Cuzco, los cimientos de la ciudad ya retemblaban al estampido del cañón, cuando presentando bandera blanca ante los muros, hizo señal Almagro a los sitiados que se celebrarían acomodos amistosos.