Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
El estampido del cañón no aterraba a los cuzqueños, las armas no brillaban a los rayos del Sol, y entre los dos ejércitos reinaba la calma más profunda. Almagro salió de la ciudad, lleno de las dulces esperanzas que su razón, su sensibilidad y su amor le inspiraba; y el senado y los peruanos esperaban tranquilos el resultado definitivo de la negociación. Coya al frente de sus batallones, parecía ya perder aquel entusiasmo guerrero que en las líneas intestinas la había conducido a la victoria; la languidez del amor brillaba en su semblante y el amor endulzaba su alma, y realzaba sus encantos. Ocollo sumergida en dolor, lloraba por Atahulpa, y la ruina de su patria; recordarla el nombre de Pizarro era su mayor tormento; el matador del Inca no podía hollar la tierra al mismo tiempo que la hermosa.
Llegó Almagro a su campo y Pizarro y Luque infatigables no pensaban en honrosas paces para los peruanos; pensaban sólo en tender y desarrollar sus planes de destrucción y de conquista a sangre y fuego. Empero, esperaban con impaciencia al mensajero, para conocer el estado de abatimiento en que se hallaba la corte según las propuestas de paces que entablase, y para acabar de conocer el valor y el entusiasmo de los jefes del ejército. Almagro lleno de contento abrazó a sus compañeros; paces dignas, les repetía, de vuestro valor y de la grandeza de nuestro soberano nos ofrece el imperio: éstas son las condiciones, serán nuestros hermanos, harán nuestra grandeza, y nos deberán su ventura. Si aceptáis las paces como la razón y el interés lo dictan, no serán de nuevo violados los juramentos, mi espada ha respondido de su santidad. -Pizarro y Luque callaban con misterioso silencio.