Paredes, un campesino extremeño

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Dos meses después las cosas seguían igual. Estar en la plaza era insoportable porque no podíamos conversar con nadie. Pero estábamos seguros de la solidaridad de la mayor parte de ellos. La situación era angustiosa. Yo le decía a Rafael que nos fuéramos del pueblo, a Madrid, o adonde fuera; salir de aquella atmósfera asfixiante. Pero él decía que no. Antonia se lo decía también, pero nada.

-Ahora -nos decía- pagan el sello, la gente es más respetada. Si yo me voy, será el triunfo que ellos desean para volver a las andadas. Saben que ante cualquier injusticia los puedo levantar otra vez, porque no son idiotas y saben que los compañeros me quieren. Saben que los compañeros nos ayudan de vez en cuando, pero no les pueden coger in fraganti. Soy para ellos un peligro, una mosca cojonera. Pero esto, algún día, se arreglará. Sólo hay que tener paciencia y aguantar.

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